Estación de tormentas

  • Autor: Andrzej Sapkowski
  • Año de publicación: 2013
  • Páginas: 299 (en papel)

El rey Belohun gobierna la pequeña ciudad costera de Kerack desde hace más de 20 años. Todavía se siente joven para abdicar, pero es consciente de que tarde o temprano tendrá que ceder la corona a alguno de sus hijos. La falta de confianza en ellos y el temor a que le traicionen han llevado al monarca a tomar una decisión susceptible de ocasionar serios problemas en la estabilidad del reino: Belohun se casará pronto con una atractiva joven para así tratar de engendrar un nuevo heredero al trono. Sin saber nada sobre esa turbulenta situación, el brujo Geralt de Rivia viajará hasta Kerack y, de manera súbita, será arrollado por un torbellino de contratiempos que pondrá en peligro su vida y le impedirá marcharse de la ciudad tan rápido como a él le gustaría. Complejas intrigas políticas, apasionados romances, hechiceros sin escrúpulos, monstruos despiadados, criaturas fantásticas y viejos amigos esperan al brujo en una nueva aventura donde no siempre es fácil distinguir entre ilusión y realidad.

Fuente: portada escaneada del libro.

Estación de tormentas es la última novela publicada hasta la fecha sobre el brujo Geralt de Rivia. Se trata de una intensa precuela que parece desarrollarse cronológicamente entre algunos de los relatos contenidos en El último deseo y La espada del destino. Sin embargo, aunque el lector encontrará en ella personajes muy característicos de la saga, como el carismático trovador Jasckier o la impredecible hechicera Yennefer, los eventos narrados en Estación de tormentas no están relacionados de forma directa con la historia principal, por lo que no es necesario leer esta novela de antemano para comprender los posteriores acontecimientos de la saga.

Quienes estén familiarizados con el universo literario del brujo también reconocerán en este libro varios elementos habituales de la saga, como el humor mordaz de Sapkowski o su habilidad para relatar los combates de Geralt, ya sea contra monstruos o contra seres humanos. Las descripciones del autor son lo suficientemente detalladas para sumergir al lector en un mundo medieval de fantasía muy bien construido (tanto entornos como personajes), pero sin resultar abrumadoras o demasiado densas, al menos para las personas que disfrutan este género. A esta inmersión contribuye la magnífica traducción de la saga al español, particularmente en lo que respecta a los registros de los personajes: por ejemplo, una hechicera instruida no se expresa de la misma manera que un aldeano analfabeto.

Siguiendo con los personajes, durante su aventura en la ciudad marítima de Kerack y alrededores, Geralt se cruzará con individuos malvados y despreciables, como algunos hechiceros que rebosan soberbia, se creen por encima de todo lo demás y miran con desdén a la gente humilde. Pero el brujo de cabellos blancos también conocerá a personas más decentes y honradas, como el enano Addario Bach o el alguacil Frans Torquil, que transmiten la esperanza de que, mientras exista gente así, quizá el mal no siempre logre imponerse.

Por otra parte, igual que ocurre con el resto de la saga, la historia de Estación de tormentas plantea diversas cuestiones profundas que son extrapolables a la actualidad, lo que hace que esta novela sea mucho más que una entretenida historia de fantasía. Geralt es frecuentemente rechazado e incluso despreciado debido a su condición de mutante (es decir, por ser diferente a la mayoría). Elfos y enanos también sufren los prejuicios y la aversión de una gran cantidad de humanos (discriminación racial). También es elocuente la frase que pronuncia Pyral Pratt, jefe del crimen organizado de la región de Kerack, cuando está hablando sobre si es mejor trabajar con putas o con políticos: «Me convencí de que es preferible tratar con las putas, porque las putas por lo menos tienen su honor y algunos principios» (p. 72).

Fuente: imagen escaneada del libro.

Pero tal vez el principal tema de fondo planteado en este libro esté relacionado con la magia y el progreso. ¿Debería ser la magia una labor filantrópica y caritativa al servicio de la sociedad o una industria orientada a la obtención de beneficios, ya sean económicos, de poder o de prestigio/estatus? ¿El fin justifica los medios cuando se trata de lograr avances técnico-científicos? ¿Es moralmente aceptable sacrificar la salud de las personas y del medio ambiente en aras de avanzar por la senda de lo que se denomina «progreso»?

Además, todas esas cuestiones de fondo aparecen presentadas en la novela de una forma más bien sutil, insertadas con naturalidad entre el resto de componentes de la historia. No dan en absoluto la sensación de haber sido introducidas con calzador para intentar aumentar las ventas del producto entre ciertos tipos de público, por ejemplo. Sapkowski es capaz de plantear serios problemas sociales en una gran historia sin que eso parezca forzado, y este es, en mi opinión, uno de los aspectos más notables de la saga de Geralt de Rivia.

Estación de tormentas no alcanza el elevado nivel que, en conjunto, tienen los cinco libros de la saga que giran alrededor de Ciri. Tampoco desprende el encanto de algunos de los cuentos incluidos en El último deseo y La espada del destino. Sin embargo, es una novela que merecerá la pena para cualquier fan de la saga del brujo y que, además, atrapará su atención desde las primeras páginas: ¿qué traman los hijos del rey Belohun?, ¿quién ha robado uno de los bienes más preciados del brujo?, ¿qué quiere obtener de Geralt la despampanante hechicera pelirroja Lytta Neyd (apodada «Coral» debido al color de pintalabios que suele utilizar)? Mediante una parte final muy bien ejecutada, Sapkowski hace algo más que dar respuesta a todas esas preguntas.

La historia concluye con un epílogo bastante ambiguo protagonizado por un personaje que resultará familiar a quienes hayan terminado los demás libros: Nimue verch Wledyr ap Gwyn. Este epílogo está fuertemente vinculado con los últimos acontecimientos de la saga del brujo y al leerlo es difícil discernir qué es un sueño y qué no lo es. ¿Una despedida de Sapkowski a las personas que están enfrente de las páginas? ¿Un indicio de que se puede regresar desde el País de los Manzanos? ¿Una ilusión? Quizás sea cada lector el que tenga que decidir.