Desahogo fútil

La persona que no está acostumbrada a realizar puzles, sobre todo cuando estos presentan cierta dificultad, a veces sujeta una pieza en una de sus manos, la observa cuidadosamente y, con una amplia sonrisa en su rostro, piensa: “¡Ah, esta es la que estaba buscando, por fin!”. Después, trata de colocarla en el hueco donde cree que va a encajar, pero pronto descubre que esta se resiste a entrar. Ese individuo, sorprendido por no haber obtenido el resultado que daba por sentado, decide intentarlo otra vez más: vuelve a mirar esa pieza, quizás la gira un poco, la coloca de nuevo en el mismo hueco y la aprieta con su dedo índice una y otra vez para intentar encajarla. Pero, por mucha fuerza que haga, no lo consigue. Esta situación se alargará en función de la terquedad del sujeto, pero la conclusión es inevitable: antes o después, se dará cuenta de que esa pieza, a pesar de ser parecida tanto en color como en forma, en realidad no era la que estaba buscando, por lo que nunca podrá caber en ese minúsculo espacio.

Durante los últimos años, he estado esforzándome hasta la extenuación para intentar encontrar un sitio dentro de esas expectativas invisibles que se alzan con fuerza sobre los jóvenes de muchas sociedades actuales. No es mi intención criticar un estilo de vida generalizado, dado que una gran parte de la gente de mi edad parece disfrutarlo y sentirse más o menos cómoda dentro de esa mentalidad, y yo no soy nadie para juzgar a los demás, pero sí a mí mismo. Estoy completamente agotado de continuar por un camino que apenas me ha otorgado momentos de felicidad efímera. Echo la vista atrás y no puedo dejar de dar vueltas a una pregunta: ¿Por qué he estado persiguiendo con vehemencia algo que no me interesa lo más mínimo?

Me he presionado para intentar encajar de una u otra manera en un lugar en el que no me siento cómodo en absoluto. Un espacio en el que la inmensa parte del tiempo estoy solo porque apenas encuentro a nadie con quien poder compartir el amor por la naturaleza y los animales, preocupaciones, gustos y actividades comunes o la aspiración a una vida más sencilla, pero plena, tanto en lo que respecta al cuerpo como a la mente, tanto en la relación con uno mismo como en la conexión sincera y profunda que puede establecerse con personas similares. Cada día que pasa siento con más fuerza la urgencia de abandonar una realidad que lleva años y años consumiéndome y apagándome desde dentro.

Estamentos del siglo XXI

Habíamos depositado en ti nuestra más sincera confianza. Y nos has fallado. Por tu culpa, tenemos que volver a enfrentarnos a una situación crítica. ¿Eres consciente de hacia dónde nos ha llevado tu egoísmo? La vida de miles de conciudadanos pende de un hilo que sostenemos entre todos, pero parece que tú has decidido soltarlo.

Te pedimos que no salieras a la calle de noche, ni siquiera a deambular por un monte vacío. Tampoco a pasear bajo la luna con tu pareja en una calle desierta. Por la seguridad de todos. Te indicamos que debías cubrirte la cara en todo momento, incluso cuando no había nadie más cerca. Toda precaución era poca. Te avisamos de que si no nos obedecías podrías cargar a cuestas con la muerte de alguien. Y al final así ha sido. Tú tienes la culpa. Te dijimos que evitaras reunirte con grupos que superasen un determinado número de personas. Que no viajaras de ciertos territorios a otros, aunque ello conllevase estar lejos de tu familia y amigos durante semanas. Era necesario que fuese así. Si querías salvar vidas, tenías que trabajar y después volver directamente a casa. Tenías que hacer un esfuerzo. En cambio, has osado desobedecer nuestras reglas, y ahora eres culpable de la muerte de otros ciudadanos.

Quizás te preguntes qué hemos hecho nosotros. Mientras tú te comportabas como un niño irresponsable, nosotros te protegíamos. Supervisábamos tus acciones cada día para que no obrases de forma infantil. Nos encargábamos de corregir tus conductas incívicas. Y no solo eso. Contratábamos a todo el personal sanitario que nos pedían desde los hospitales, a todos los rastreadores necesarios. Ayudábamos a todas las empresas y trabajadores que pasaban apuros. Sin dejar a nadie atrás. Sobre todo a nuestros mayores, que tanto nos han proporcionado. Nuestras medidas nos volvían a todos más fuertes. Hacíamos absolutamente todo lo que estaba en nuestras manos. Dábamos ejemplo de responsabilidad y decencia. Y tú nos has fallado.

Detestamos prohibir, pero no nos dejas más remedio. Necesitas reglas estrictas que encaucen tu comportamiento en la dirección adecuada. Por el bien de todos, siempre. Obedécenos y no tendrás nada que temer. No cuestiones nuestras directrices, porque no tienes la más mínima idea de lo que hablas. Acata las decisiones de nuestros expertos. No importa cuáles sean. No importa que a veces sean contradictorias. No importa que se desvíen de aquellas que se toman en otros lugares. Tú no sabes nada. No eres nadie. Simplemente, obedece.

Sin embargo, te rebelas. Te atreves a criticar, a pensar por ti mismo, a señalar lo que tú consideras injusticias o inconsistencias en nuestro honesto discurso y nuestras honradas acciones. Cuestionas nuestra humilde voluntad, emanada directamente del mismísimo pueblo. Desconfías del contenido de nuestros medios de comunicación. No nos dejas más remedio que encerrarte de nuevo. Pero no lo interpretes como un castigo, sino como un periodo necesario de reflexión y sacrificio. Por tu bien. Por el bien de todos. En lo más profundo de ti, sabes que te has equivocado. Ahora debes arrepentirte y rogar por el perdón. Somos los únicos que podemos salvarte. Entréganoslo todo. Vótanos.


Y mi pueblo, sobre el cual es invocado mi Nombre, se humilla, rezando y buscando mi rostro, y se vuelven de sus malos caminos, yo entonces los oiré desde los cielos, perdonaré su pecado y sanaré su tierra.

II Crónicas 7:14



Aclaración: este texto constituye una crítica sistémica; no está dirigida a ningún sujeto en particular.